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Jun

Bitácora. 9 de junio: El censo

Si los del censo hubieran tocado a la puerta (cosa que no han hecho aún) y me preguntaran cuál es mi ocupación (en el caso de que esa pregunta esté dentro del menú), no sabría qué contestar. ¿Escritor? ¿Bloguero? ¿Locutor? ¿Conductor? ¿Hombre-de-medios? Meh. Quizá sólo lo dejaría dentro del ambiguo “Comunicador” y párele de contar. Para qué meterse en embrollos extra por una #preguntadelcenso.

Yo escribo. Se supone que con eso me gano la vida, aunque los últimos meses haya vivido de mis ahorros (y por ahorros quiero decir, del dinero que me facilitan mis padres). Hace un mes que renuncié a mi trabajo como H. Jefe de Difusión del Jardín Etnobotánico de Cholula (trabajo cómodo, pero estancado), y pasé de vivir solo a vivir con una mujer (muy guapa, escritora, buenamiga) que nunca estaba en casa y luego a vivir con tres amigos en el ocaso de su vida universitaria.

(Sí, hoy amo los paréntesis y odio un poco las comas).

Así que entoné el viejo hoy-voy-a-cambiar-armar-bien-mis-maletas y me embarqué en otras cosas. Ahora hago TV (bonito tropo), escribo un libro de casos de éxito empresariales, y soy bloguero. Los sábado hago radio (otro tropo lindo, no tan lindo como el de la TV), a veces corrijo tesis ajenas (que es como lavar ajeno en el ámbito académico), y me encandilo en más proyectos de los que son humanamente manejables —- o por lo menos, en mis estándares humanos de ocio y trabajo.

(PSECEP, renuncié al Jardín Etnobotánico para trabajar en mi aplicación de posgrado [de la cual no he hecho nada] pero ése es tema para otro día.)

Entonces me encontré con Pixie 3, releí a Ruy X., y la realidad me golpeó como aquella vez . Tenía como 14 ó 15 años. Era una tarde lluviosa en Valle de Bravo, y en una librería encontré “Pixie en los suburbios”. Lo leí en esa noche lluviosa (¡oh, cómo me leí con la palabra panocha!), y en ese instante decidí que sería escritor. Bueno, no, ya lo había decidido desde hace tiempo, pero ese día no sé por qué decidí que podía ser escritor. Así, casual.

A esta vida le sobra crónica y le falta poesía, señores. Hay que hacer algo. ¿Qué? Pues escribir.

Lo malo es que escribo pero no escribo. Es como decir que ya manejas cuando nomás le sabes mover a la palanca y al volante y al clutch y otra vez a la palanca y no chocas. Operar un vehículo no es manejar, aunque el de la escuela de manejo, muy ufano, te diga que estás listo para irte de La Margarita a Cholula por el Periférico con tres días de mugre instrucción. Digamos que, entre tanto no-sé-qué, se me hizo más seria la letra. Se me hizo formal, adiestrada, como el escribidor ése de la Tía Julia de Vargas Llosa que escribía pero no escribía pero al final sí escribía. Por ahí va la cosa, chavos.

Soy un escribidor.

(Por cierto, si los del censo llegaran a mi casa ahorita, los mandaría a la chingada porque ya no son horas del Señor para andar cimbrándole a la banda dudas ontológicas, culeros).