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15

Oct

De los oficios

Agustín es chef. Bastante bueno, por lo que yo sé, aunque muy tardado para cocinar. Por la mañana le pides unos huevos con chorizo y se tarda hasta el mediodía para darte los mejores huevos con chorizo que has tragado en tu existencia. Ricos, sí, pero para el mediodía ya no es desayuno sino almuerzo.

Agustín es un chef que vive en mi casa. Bueno, el lugar que convenientemente llamo mi casa, porque la verdad es casa de un amigo y yo le pago la renta. Agustín también paga renta aunque a veces no la pague, pero ya sabemos que la teoría siempre se pelea con la práctica. Ergo, Agustín y yo (y otros tres ganapanes — a veces cuatro, cinco o seis) vivimos bajo el mismo techo. Por eso es que le puedo pedir huevos con chorizo en el desayuno aunque los sirva como almuerzo.

Agustín, el chef, vino ayer a la cafetería donde trabajo. Bueno, a la cafetería en la que escribo, porque no soy mesero ni barista ni como le digan a los meseros ahora para que no se sientan meseros. Yo escribo, y me pagan por eso. Bueno, a veces. Es un trabajo porque me remuneran lo escrito aunque luego no meta mis facturas a tiempo porque se me olvida hacerlo. Escribo en una cafetería porque nos cortaron la luz en la casa (aunque a veces también escribo acá aunque tengamos luz allá). En fin, no nos pongamos técnicos.

Agustín es chef. Yo soy escritor. Eso es lo que importa.

Agustín, el chef, vino a conversar conmigo a la cafetería donde escribo porque no tenemos luz en la casa y ya no podía labrar la calabaza que nos está decorando para Halloween porque le cayó la noche. Vino a interrumpirme, por cierto, justo cuando estaba haciendo el último párrafo del sexto capítulo del libro que estoy escribiendo para una empresa.

(Por cierto, recuérdenme mandar mis facturas, ¿va?)

  • “¿Que haces?”, preguntó Agustín
  • “Escribiendo”, respondí
  • “¿Sobre qué?”, prosiguió
  • “Mi libro”, dije
  • “Ah, sí, tu libro. ¿Y de qué escribes?”, preguntó otra vez
  • “El final de un capítulo”, espeté
  • “¿Sobre qué?”, dijo de nuevo
  • “Un capítulo sobre una empresa que se dedica a hacer subcontratación. Le llevan la nómina a otras empresas para mejorar su gestión de capital humano”, expliqué (Para ese momento, ya había cerrado mi computadora)
  • “Suena interesante”, preguntó Agustín. (Interesante es la palabra menos interesante del diccionario. Deberían abolirla)
  • “Un poco”, continué. “Lo mejor del capítulo es lo que opina mi entrevistado sobre los oficios”
  • “¿Y qué dice?”, inquirió (Sí, Agustín es muy poco elocuente cuando pregunta. Ustedes disculpen)
  • “Dice que en México no hay continuidad laboral. Por ejemplo, en Pittsburgh, hay tres generaciones de acereros — abuelo, padre e hijo. En cambio, en México, el plomero quiere mandar a su hijo a la universidad. «¿Por qué no enseñarle que poner un taller de plomería es hacer su propia empresa?», se pregunta el entrevistado”, le conté.
  • “Tiene razón”, contestó Agustín. “Las universidades deberían enseñarte a ser empresario. ¿Sabes cómo es la preparatoria en Alemania?”, preguntó.
  • “No”, respondí
  • “En Alemania te educan para ir a la universidad, o para tener un oficio. Te dicen: «vas a ser panadero», y te enseñan a ser panadero, pero chingón. Ganas bien y vives bien. En México sólo nos importa el papel.”, explicó.
  • “Exacto. No hay nada de malo con no ser licenciado. Hay gente que tiene más éxito con su pequeña empresa. No entiendo por qué desvirtuamos los oficios. Ser cocinero es más oficio que profesión.”, le dije.
  • “¿Por qué?”, me preguntó
  • “Porque se necesita práctica, colmillo, talento. No cualquiera cocina bien. ¿No te pasa que sabes que tu platillo necesita algo aunque no sepas bien qué? Cocinar chingón es un arte. Se puede tener título de chef y no saber cocinar. Eso te lo da la vida”, expliqué.
  • “Yo no podría escribir”, cambió de pronto, “digo, sé lo que me gustaría decir, pero no sabría como hacerlo”.
  • “Escribir también es un oficio”, le dije.

Agustín, el chef, asintió. Hoy por la mañana, fuimos a otra cafetería (para cambiar de aires) porque todavía no hay luz en la casa. Yo fui a publicar mis artículos de cada mañana, y él a armar el menú de un restorán que va a dirigir.

(El restorán, por cierto, no es de Agustín, sino de otro amigo en común que lo contrató para dirigirlo).

“Yo no podría hacer un menú”, pensé mientras Agustín me interrumpía otra vez para preguntarme si era mejor incluír la carta de postres en la carta principal, o hacer una aparte. Estaba haciendo un pre-boceto (¡¿qué diablos es eso?!) para entregarlo al dueño del restorán.

  • “¿Qué tal escribes?”, preguntó
  • “¿Qué tal cocinas?”, respondí
  • “¿Quieres hacer las descripciones [de los platillos] de mi menú?”, sonrió.

(“Aparte”, le respondí a lo de la carta. Nadie piensa en el postre hasta que ya se comió lo demás)

Ahora me imagino cuál es la mejor manera para describir una empanada de camarón.

  1. perliux said: En italia, me tocó hacer el menú de una pequeña galería vegetariana -foto y escritura-. Galería porque además de servir comida veggana servía como aparador para los artistas locales de Rovigo, al norte de Italia. Kudos si escribes ese menú, créeme.
  2. padaguan posted this